
Desde hace más de un siglo, los habitantes de Trieste, en el noreste de Italia, cumplen un ritual muy particular cuando van a bañarse. En la playa urbana de La Lanterna, los visitantes hacen primero cola en una ventanilla para pagar la entrada de 1,20 euros. Luego entran por una de las dos puertas, las mujeres por la izquierda y los hombres por la derecha. Unos pasillos conducen a las zonas de vestuarios y, desde allí, se accede directamente a la playa. Aquí es donde los recién llegados pueden llevarse una sorpresa, ya que no solo los vestuarios están separados por sexos.
La Lanterna, también conocida como El Pedocin, es la última playa de Europa que mantiene la segregación por sexos. Al salir a la zona de guijarros, uno se encuentra rodeado de mujeres que conversan en bikini o de hombres que juegan a las cartas, sin que ambos grupos lleguen a mezclarse jamás. Si se llega acompañado de alguien del sexo opuesto, esa persona estará al otro lado de un muro de tres metros de altura. Para poder reunierse se debe nadar más allá del rompeolas, ya que solo en mar abierto está permitida la mezcla de sexos.
Más de un siglo
El Pedocin ha sido un lugar muy apreciado por los triestinos desde su apertura a finales del siglo XIX o principios del XX, pero acaparó los titulares en junio, cuando dos turistas de Milán no quedaron precisamente impresionadas por sus encantos.
Según informaron los medios locales entonces, la pareja pagó la entrada, pero se quedó horrorizada cuando otra bañista les informó de la norma de separación por sexos. La turista calificó la medida de “absurda y medieval” al hablar con la mujer local antes de exigir la devolución del dinero.
Pero, al parecer, su opinión es minoritaria; desde el incidente, la venta de entradas aumentó más de un 50 % interanual, pasando de 34.885 accesos en julio de 2025 a 53.610 en julio de 2026.
La airada reacción de la mujer puso el foco en un lugar que, para los habitantes de Trieste, es mucho más que una simple playa: es un sitio con el que mantienen un vínculo profundo. Puede que El Pedocin sea solo una franja de guijarros más bien estrecha situada junto al puerto de la ciudad, pero para los lugareños es un espacio entrañable cargado de recuerdos, tanto familiares como de la propia ciudad. “Como a todos los triestinos, mi madre me llevaba allí”, cuenta el galardonado novelista Mauro Covacich, nacido y criado en la ciudad, aunque actualmente reside en Roma.
“Para las mujeres era muy fácil ir a El Pedocin”, comenta. “Estaba cerca de casa, había muchos autobuses y era la única playa del centro urbano. Por eso los triestinos, y sobre todo las mujeres, solían ir. En aquella época, el acceso se determinaba por la estatura y no por la edad, así que yo iba con ella hasta que ya no se me permitía estar en la zona femenina”. Hoy en día, un progenitor puede entrar acompañado de un menor de 12 años, independientemente de su género.
De lugar olvidado a centro en auge
El Pedocin forma parte de Trieste desde hace más tiempo del que Trieste lleva formando parte de Italia. Este establecimiento balneario —situado a un cómodo paseo de 20 minutos por el litoral desde la plaza principal, la Piazza Unità d’Italia— abrió sus puertas en algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX. Tradicionalmente se cita 1903 como fecha de apertura, aunque no hay certeza absoluta al respecto. Lo que sí es seguro es que, por aquel entonces, Trieste pertenecía al Imperio austrohúngaro: era su cuarta ciudad más grande y su principal puerto marítimo. “Pasó de ser una aldea insignificante —que prácticamente no existía hasta finales del siglo XVIII, cuando llegó Austria— a convertirse, en el transcurso de un siglo, en un lugar muy próspero y rico”, afirma Katia Pizzi, profesora titular de Estudios Italianos en la Universidad de Londres. Trieste, que antes era un rincón apartado y olvidado en el “sobaco” del Adriático —en la actual frontera entre Italia y Eslovenia—, se transformó en el principal punto de entrada para todas las mercancías que llegaban al imperio austrohúngaro o salían de él.
“Atrajo a muchos inmigrantes: tanto mano de obra como personas con capital”, señala Pizzi. “Se enriqueció muchísimo y muy rápidamente”.
El Pedocin, cuyo apodo deriva de la palabra “piojo”, ya que era el lugar donde los soldados austriacos solían limpiar y desparasitar a sus caballos en la orilla, hunde sus raíces en esa faceta dinámica y multicultural de Trieste. También se arraiga en la tradición local de disfrutar de la playa. “Otros hacen pausas para el café, pero nosotros hacemos una pausa para bañarnos y broncearnos”, comenta la periodista y escritora local Micol Brusaferro, asidua del Pedocin. “Vamos a la playa solos y encantados. Los triestinos tenemos una relación especial con el mar y el bronceado. Vamos solos para relajarnos”.
Una playa propia
La segregación por sexos en El Pedocin también está vinculada a la historia de la emancipación femenina en Trieste. Fue uno de los primeros lugares de lo que hoy es Italia en contar con una escuela secundaria exclusiva para chicas, señala Pizzi, quien añade que la educación femenina era algo habitual en las principales ciudades del imperio austrohúngaro, pero no en Italia.
“Cuando Trieste pasó a formar parte de Italia en 1918, los niveles de escolarización eran muy elevados”, afirma. “Trieste no solo era una ciudad próspera, sino también culturalmente muy dinámica, y las clases medias poseían una gran formación, incluidas las mujeres”.
Al igual que muchas otras poblaciones del imperio austrohúngaro, los habitantes de Trieste valoraban la vida al aire libre y la actividad física. Covacich lo denomina un “culto a la fisicidad”. Gracias a esa emancipación, las mujeres también participaban en ello. La ciudad rebosaba asociaciones deportivas dedicadas a la natación, la vela y la escalada. “El Pedocin formaba parte de este fenómeno”, comenta Pizzi. “Se trataba de cultivar el cuerpo como una forma de deporte y de superación personal”.
Covacich apunta que, desde el principio, las mujeres lucían trajes de baño relativamente modernos y atrevidos. No era un lugar para el recato, sino para broncearse y nadar. “El bronceado era, probablemente, la culminación de esa idea de bienestar físico”, afirma.
Un referente feminista
El Pedocin separó a hombres y mujeres desde el mismo día de su inauguración. Quizás no fuera algo tan inusual en 1903, pero, a medida que cambiaban las modas, los triestinos mantuvieron la separación por sexos en la playa, como resultado de aquella emancipación femenina.
A principios del siglo XX, algunas de las figuras más destacadas de Trieste en los ámbitos de la literatura, el periodismo, la fotografía, el arte y el deporte eran mujeres, señala Pizzi. Cita como ejemplo la fotografía “Io e Gatto” (Yo y el gato) de Wanda Wulz —cuya copia original se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York— como un retrato de una “feminidad indómita”. La ciudad, asegura, poseía un “carácter feminista” antes de integrarse en Italia.
Y, a medida que la ciudad se fue integrando en la cultura católica italiana, ese feminismo se mantuvo firme. “Fue una playa segregada desde el principio, y se consideraba algo positivo; por eso ha perdurado tanto tiempo”, afirma Pizzi. “Las mujeres no tenían por qué sentirse molestadas, importunadas ni fastidiadas. Era un espacio donde podían tomar el sol sin temor a interferencias masculinas… Existía una sensación de pertenencia: sentían que era su espacio y que no tenían por qué verse incomodadas por la mirada masculina”.
Covacich añade que siempre ha sido un símbolo de “libertad” para las mujeres. Él percibe la playa como un lugar femenino, a pesar de la zona reservada a los hombres. Ir allí con su madre, rodeado de mujeres de todas las edades, le transmitía una sensación de “cuidado eterno”, comenta. Describe la experiencia casi surrealista de crecer allí, rodeado de mujeres, comparándola con las escenas fantásticas centradas en lo femenino de la película “8½” (1963), de Federico Fellini.
Un chapuzón durante la pausa del almuerzo
Hoy en día, los habitantes de Trieste acuden cada vez más a El Pedocin cuando desean un breve descanso bajo el sol.
Covacich señala que muchas de estas mujeres trabajan en tiendas del centro y se acercan a la playa durante sus largas pausas para comer.
Por otro lado, muchos de los hombres que ocupan la otra zona son trabajadores portuarios, explica Samuele Miceli, socorrista de la playa.
Miceli lleva cuatro años trabajando en Pedocin y le gusta tanto que, al inicio de cada temporada, solicita ser asignado a esta playa segregada por sexos en lugar de a cualquiera de las otras gestionadas por la cooperativa que lo emplea.
“Aquí lo que prima es la serenidad”, comenta, destacando el equilibrio perfecto entre las aguas protegidas —con vistas al punto donde el mar se funde con el horizonte— y el paisaje de piedra caliza kárstica que rodea la ciudad. “Son dos mundos distintos. Me siento muy feliz aquí”.
Miceli explica que la zona de mujeres reúne a una mezcla de madres con hijos y clientas habituales: “Mujeres a las que les gusta disfrutar de la tranquilidad”. Mientras las mujeres disfrutan de su independencia, él comenta que el sector masculino es una mezcla de hombres mayores que juegan a las cartas, turistas, trabajadores portuarios que toman el sol y visitantes con discapacidad de ambos sexos, ya que esta zona es totalmente accesible para sillas de ruedas y cuenta con acceso directo al agua.
Dado que Pedocin es la playa más cercana al centro de la ciudad, Miceli señala que a menudo llegan turistas que desconocen las normas de separación por sexos. “Algunos se van, pero la mayoría se queda”, afirma. Cuando se enteró de la queja presentada por un turista a principios de año, le pareció algo “ridículo”.
“Libertad total”
¿Qué lleva a una mujer (o a un hombre) de hoy en día a elegir una playa segregada por sexos? Micol Brusaferro es una conversa relativamente reciente. No iba a Pedocin de niña, sino que descubrió la playa ya de adulta, cuando trabajaba cerca.
“Iba algunas veces durante la pausa para comer y veía una realidad muy colorida”, cuenta. “Hay muchas generaciones juntas y una libertad total con el traje de baño —puedes llevar tanga o hacer topless porque los hombres no te verán—, y me gustó ese ambiente tan especial”.
Brusaferro, cuyos libros se centran en las excentricidades de Trieste, ha publicado nada menos que tres obras sobre Pedocin.
“Como muchas otras mujeres, voy porque está en el centro, pero también porque sabes que, si tu traje de baño no es perfecto, si tu peinado no es perfecto o si no te has depilado a la perfección, nadie dirá nada, ya que estás entre mujeres; nadie te criticará porque ellas hacen lo mismo”, afirma.
Aunque Miceli comenta que sí acuden parejas (que se separan en la entrada), Brusaferro nunca ha ido acompañada de su pareja. Para ella, ir a Pedocin es un ritual centrado en la mujer. Va con amigas, pero sobre todo acude sola para leer un libro.
“Es un símbolo de la ciudad y recuerda la emancipación de la mujer”, dice sencillamente.
“La turista que lo criticó no era de Trieste y no sabe lo que representa para los triestinos. No es machista; es un símbolo de libertad. A ambos lados, mujeres y hombres hacen lo que quieren. Aquí hablan en voz alta, intercambian consejos y conversan sobre cosas íntimas. Quizás en el otro lado los hombres jueguen a las cartas con amigos o charlen. Aquí siempre ha reinado una gran libertad. Nadie quiere derribar el muro porque existe una tradición que perdura y no molesta a nadie”.
Para Pizzi, Pedocin ocupa un lugar especial en el corazón de los triestinos debido a su historia: “Sus vínculos con el Imperio Austrohúngaro, su historia cultural y la independencia femenina”.
Aunque no es de Trieste, ella ha visitado la playa. “Fue estupendo: extendí la toalla, nadie me molestó y tomé el sol un rato. Estaba muy contenta. Era un lugar especial: una playa para una misma”.
“Respetar las normas”
A medida que la playa gana fama, los habitantes de Trieste están decididos a que permanezca tal como está. Brusaferro comenta que ahora comparte la orilla con “oleadas de turistas” atraídos a Pedocin por las guías de viaje o por videos de influencers.
“La gente viene por curiosidad, pero hay que respetar las normas; es una tradición”, afirma.
Cuando la playa saltó a los medios este año, la idea de que fuera “la última playa de Europa segregada por sexos” —como se la calificó— fue vista por muchos como algo negativo. Sin embargo, los lugareños sostienen que se trata de una interpretación limitada. Según Brusaferro, cuando el periódico local encuestó a los residentes hace unos años, la inmensa mayoría quería mantener las cosas como estaban. Ella misma asegura que no iría si derribaran el muro: “Se convertiría en una playa como todas las demás”.
“Mucha gente no conoce bien la historia de Trieste”, dice Pizzi. “Si las mujeres están contentas con ella, no veo por qué habría que cambiarla. Si no quieres ir a una playa exclusiva para mujeres, puedes ir a la de al lado”.
Para Covacich, quienes han descubierto la existencia de Pedocin este año han entendido mal la situación.
“Cuando la gente dice que es el ‘último muro de Europa’, no significa que sea el último bastión de una moral intolerante; a mí me parece un símbolo de libertad, libre de prejuicios”, afirma. “Sin duda es algo peculiar, pero Trieste es una ciudad excéntrica, una fusión de culturas austriaca, eslovena e italiana. Derribar el muro supondría homogeneizar esa diferencia”.
Miceli, el socorrista, lo resume de forma sencilla: “La gente está contenta, la playa está llena; ¿por qué derribar el muro?”.
“Si alguien lo ve como algo negativo, puede irse a otro sitio”.
https://www.eldiarioweb.com/2026/09/la-lanterna-la-ultima-playa-europea-dividida-por-sexos/
La entrada La Lanterna, la última playa europea dividida por sexos se publicó en Prensa Mercosur.
Publicado por: Redacción Central






